lunes, 7 de junio de 2021

Padres

Al levantar la persiana del salón, la luz, cautiva entre las rejas de aquella vivienda cerrada desde hacía casi dos años, comenzó a desperezarse. Un rayo de polvo en suspensión atravesó la estancia y se estrelló contra la cristalera del vasar lastrada por el silencio. El calor, que tostaba las calles, se había mantenido alejado del interior. A medida que me adentraba entre las paredes que habían dado calor a mi vida, el pasado iba vistiendo los objetos de recuerdos. Las puertas, oxidadas por el desuso, al abrirse, aullaban su dolor como lobas solitarias. Encima de la mesilla de la habitación languidecía un sobre recubierto por la mortaja del olvido. Lo toqué con una mano y me senté encima de la cama dispuesto a recordar lo que se ocultaba en su interior, pero, al sentir el papel, me detuve como si una fuerza oculta hubiera desconectado mis dedos de mi cerebro. Me rescató de las tinieblas una voz que surgía del pasillo que conducía a la calle. Al ponerme en pie, para salir de la habitación, descubrí que mi pena había dejado su imprenta marcada en el papel. Con el ánimo arrastrando mi soledad por el pasillo, salí a recibir a la persona que había venido a mi encuentro. Por primera vez en muchos años, nuestras lágrimas se fundieron antes de que lo hicieran nuestros abrazos. Luego de un afligido gimoteo ocupamos dos sillas del comedor. Sin mediar palabra, posamos la mirada en la fotografía de color hueso que había llenado de mariposas aquel hogar desde que ambos teníamos uso de razón. La tarde se nos fue en añorar las ocurrencias de papá y los besos de mamá. Al quedarme solo subí a la habitación, cogí las dos esquelas y las enganché detrás de la fotografía.

Horas después llegó la familia.

© Moisés González Muñoz.
07 de junio de 2021.

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