jueves, 24 de junio de 2021

Locuras

 Desde la atalaya, el valle se disolvía en el infinito. El agua que discurría silenciosa por el lecho del río, al reflejar la luz del atardecer, me impedía tomar conciencia de lo que estaba a punto de suceder. El fondo me atraía a la misma vez que me producía desasosiego. 

De pronto comencé a transpirar y noté los músculos agarrotados. Mis palpitaciones se detuvieron al notar que la chica que me acompañaba se aferraba a mi brazo. No sé si fue el roce de sus dedos temblorosos, el miedo al vacío o el perfume que ella exhalaba, lo que me hizo regalarle una sonrisa. Sin esperarlo, se pegó a mi cuerpo y posó sus ardientes labios en mi boca. Al notar su lengua enredarse con la mía, contuve la respiración y la aprisioné contra mí. Un cosquilleo descendió por mi interior y alborotó el hormiguero de mi entrepierna. Ella debió notar mi despertar, pues se restregó contra mí, cual gatita en celo, haciendo especial hincapié en que su pelvis amasara mi bragueta. Permanecimos unidos un buen rato, olvidándonos de la locura que estábamos a punto de cometer. El acaloramiento nos incitaba a llegar hasta el final, pero ni el lugar ni las circunstancias eran las adecuadas. No sé por qué, pero me deshice de su abrazo y la animé a acompañarme. Ella dudó un instante, cerró los ojos y confió en mí. La cogí por la cintura, conté hasta tres y nos lanzamos al vacío. Dos gritos aterradores se estrellaron contra el paisaje. Momentos después, rebotábamos sujetos por las correas, colgados del puente, como muñecos desmadejados. Al romperse la cuerda salimos volando. De noche, nada más volver al coche, acabamos lo que habíamos dejado a medias. Desde entonces, cuando hacemos puentismo, sacamos a pasear la lencería.

© Moisés González Muñoz.
Jueves, 24 de junio de 2021.

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