jueves, 17 de diciembre de 2020

Aquellos Reyes Magos

Aquellos Reyes Magos (VídeoRelato en Youtube).

      #unaNavidaddiferente
     
Corría la década de los 60 y aquella noche del 5 de enero, como cada año, tenía lugar el acontecimiento soñado por todos nosotros: ¡La llegada de los tres Reyes Magos de Oriente! (desconocíamos quién era Papa Noel, Santa Claus y su corte de impostores).
     No sé si el frío que amorataba mi nariz se apoderó también de mi mente infantil, lo que sí recuerdo es que al ver aquellas pisadas tan nítidamente marcadas en suelo, puse en duda las explicaciones de mi madre y deduje que ella solo había querido exculpar a mi abuela por su enfermedad y que, aunque aquel coche era el mismo con el que yo había jugado a escondidas varias veces, las marcas en el hielo demostraban que sus majestades, los tres Reyes Magos, habían pasado por allí la noche anterior. 
     A mis hermanos y a mí solían dejarnos los regalos en casa de mis abuelos maternos, donde pasábamos las vacaciones. Por desgracia, sus majestades debían de ser duros de mollera, despistados, sordos o unos incultos que no sabían leer, pues no nos traían lo que les habíamos pedido sino lo que les daba la REAL gana.
     Ansiábamos un coche eléctrico, una bicicleta, un balón de fútbol, una muñeca, juegos de vestiditos, un tocador de maquillaje o cosas por el estilo y, los muy graciosos, se presentaban con un tambor de hojalata, lapiceros de colores, un par de calcetines, unas zapatillas, un jersey parecido al que mi madre tejía a escondidas por las noches y cosas que ni habíamos pedido, ni ganas teníamos de ellas.
     Sin embargo, por una vez la fortuna se alineó con nosotros. Alguno de los Reyes bebió demasiado y nos dejó, por error, un precioso SEAT 600 de fricción.
     Al levantarnos, el inesperado juguete suscitó las miradas de los niños de la familia y de alguno no tan niño.
     Aquel gélido 6 de enero, de frío y nieve, estuvimos todo el día entretenidos con el juguete. ¡Qué maravilla! Lo cogíamos con la mano, presionábamos contra el suelo hacia atrás, lo soltábamos y el vehículo se lanzaba desbocado hacia adelante hasta que chocaba contra la pared o se detenía con algo que se interponía en su camino.
     Durante la noche, el coche desapareció como por arte de magia y al día siguiente, al notar su ausencia, nos invadió la tristeza.
     Transcurrieron las semanas sin noticias del automóvil hasta que un día subí con mi tía a la casa de arriba. Ella estaba trasteando en un baúl lleno de ropa antigua cuando de entre las prendas emergió el juguete extraviado. Al parecer, alguien de la familia, para evitar que lo rompiéramos con tanto uso, mientras nosotros dormíamos, lo puso a salvo dentro del arca.
     Con el discurrir del tiempo, el cochecito se convirtió en nuestro particular Guadiana, pues aparecía y desaparecía cuando le daba la gana.
     Por suerte, el azar o el destino impidieron que aquel juguete se hiciera eterno y en varias ocasiones me encerré en la casa de arriba, en solitario, para disfrutar de mi secreto. Lo trataba con tanto cariño que, al cabo del tiempo, el coche aparentaba seguir siendo nuevo. Con la proximidad de otras Navidades, una tarde de aguanieve, la tierra se abrió bajo mis pies al descubrir que del baúl de mis sueños había desaparecido el cochecito. Después de un rato revolviendo la ropa, dejé caer la tapa del arca, como quien cierra el ataúd de un ser querido, abandoné el lugar y, con el alma pegada a la suela de mis zapatos, me presenté en casa. La languidez de mi espíritu era tal que todos me miraron con extrañeza y durante la cena mi madre me preguntó si me ocurría algo. No quise revelar el motivo de mi desdicha y me fui a dormir con el ánimo encogido.
     Al día siguiente regresé al lugar de mi desconsuelo y vacié el arca por completo con la esperanza de que todo hubiera sido un mal sueño. Pero mi anhelo, tozudo él, no tuvo más remedio que plegarse a la evidencia y aceptar la realidad.
     Durante el nuevo periodo navideño volvimos a escribir nuestra carta a los Reyes Magos con la ilusión de que esta vez tuvieran en cuenta nuestras peticiones.
     Para regocijo general, aquella destemplada mañana del 6 de enero, según íbamos desenvolviendo los paquetes, vimos que casi todas nuestras peticiones habían sido atendidas. Fue entonces cuando la abuela (que hacía tiempo comenzaba a perder la cabeza) apareció con una caja vieja y sin envolver entre sus manos. Tras mirarnos con cara de felicidad, la depositó encima de la mesa de la cocina y nos animó a que descubriéramos su contenido. Yo, que era el mayor de los hermanos aunque apenas contaba con ocho años, me acerqué a la caja, levanté la tapa de cartón y casi me desmayo. Una mezcla de alegría, rabia e incredulidad se apoderó de mí y fui incapaz de extraer el contenido, a pesar de las urgencias y súplicas de mis hermanas y hermanos pequeños.
     Mi abuela, al ver que yo hacía caso omiso del paquete y, ajena a la realidad que poco a poco se iba apoderando de su mente, extrajo con fastuosidad el añorado SEAT 600. Para asombro de mis hermanos, decepción mía e incredulidad de mis padres, recuperamos el mismo juguete que un año atrás nos habían traído los Reyes y que, por desgracia, había ido a parar al baúl de los recuerdos.
     Aquella misma tarde, mi madre me desveló el misterio de los Reyes Magos. Yo escuché con atención sus explicaciones y al despedirme, para irme a jugar a la calle, compartí con ella el secreto que tanto tiempo llevaba guardando en mi memoria. Una vez fuera, mientras pisoteaba la nieve caída la noche anterior, me acerqué a la ventana por donde siempre nos habían dejado los juguetes y vi que en la superficie helada había esculpidas varias pisadas de caballo.
     No sé si el frío que amorataba mi nariz se apoderó también de mi mente infantil, lo que sí recuerdo es que al ver aquellas huellas tan nítidamente marcadas en suelo, puse en duda las explicaciones de mi madre y deduje que ella solo había querido exculpar a mi abuela por su enfermedad y que, aunque aquel coche era el mismo con el que yo había jugado a escondidas varias veces, las marcas en el hielo demostraban que sus majestades, los tres Reyes Magos, habían pasado por allí la noche anterior.
15/12/2020 © Moisés González Muñoz.

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